Síntomas

Los síntomas y su diagnóstico

El mayor porcentaje de los pacientes la enfermedad se diagnostica por una analítica rutinaria. El paciente puede permanecer totalmente asintomático durante años.
En el resto, los principales síntomas son: debilidad, fatiga persistente, fiebre, sudoración excesiva, pérdida de peso, anemia, hemorragias y hematomas no justificados, pequeñas infecciones, dolores en huesos y articulaciones. Muchos pacientes presentan además sensación de ocupación en el lado izquierdo del abdomen como consecuencia del crecimiento de tamaño del bazo (esplenomegalia). Todos estos síntomas suelen controlarse rápidamente al recibir el tratamiento y el paciente puede permanecer asintomático hasta que se produzca la progresión de la enfermedad antes mencionada.

El diagnóstico de LMC se basa en el aumento de granulocitos en la sangre y médula, y en la demostración de una alteración característica en los cromosomas de las células sanguíneas, el denominado cromosoma Filadelfia (presente en el 95% de los casos de LMC), o de la alteración génica que origina la enfermedad, el denominado oncogén BCR/ABL. Para efectuar estos estudios es necesario analizar de forma detallada tanto la sangre como la médula ósea, obtenida esta última mediante punción del esternón o de una cresta ilíaca (parte postero-superior de los huesos de la pelvis). Finalmente deberá realizarse una biopsia medular (obtención de un pequeño cilindro del mismo hueso pélvico) para poder estudiar la arquitectura de la médula ósea.


Fuente: Fundación Josep Carreras.