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Durante el mes de OCTUBRE 2026, el tema que trataremos dentro del calendario 2025-2026 de nuestro programa online girará en torno a los consejos que nos llegan y cómo gestionarlos.

En este taller reflexionamos sobre esas frases que tantas personas con LMC han escuchado alguna vez y sobre algo muy importante: tenemos derecho a decidir qué necesitamos, cuándo queremos hablar y cuándo simplemente queremos que nos escuchen.

Consulta en nuestra página de Apoyo Psicológico, las fechas en las que se impartirán las actividades y el contenido del Programa.

Si quieres participar en el taller de octubre, léete este contenido e inscríbete para participar en la reunión online del 05/11 a las 18.00h, conéctándote a la reunión abierta y gratuita mediante zoom (enlace disponible en breve).

El taller será impartido  por Soledad de Linares Fernández, Psicóloga Experta en Psicooncología.  

PROGRAMA ONLINE APOYO PSICOLÓGICO.
Impartido por la Psicóloga Experta en Psicooncología y CP, Soledad de Linares Fernández

Octubre: Consejos que nadie ha pedido. Cuando todo el mundo sabe lo que deberías hacer… menos tú 


Hay algo que suele ocurrir cuando una persona cuenta que tiene cáncer: de repente, parece que todo el mundo sabe lo que debería hacer.

Algunos quieren que seamos positivos. Otros nos cuentan la historia de alguien que tuvo lo mismo. Hay quien recomienda una alimentación concreta, un suplemento, hacer más ejercicio o probar algún remedio que, según alguien, “funciona fenomenal”.

Y luego están las frases que se repiten una y otra vez: “Tienes que ser positivo.” “No pienses en eso.” “Tienes que distraerte.” “Conozco a una persona que tuvo lo mismo y está fenomenal.” “Ya estás bien, ¿no?”

La mayoría de las veces, quien nos lo dice lo hace con buena intención. Quiere tranquilizarnos, ayudarnos o, simplemente, no sabe muy bien qué decir ante una situación que también le resulta difícil. Pero aquí aparece una cuestión interesante: que alguien quiera ayudarnos no significa necesariamente que sepa cómo ayudarnos. Y esto puede ser especialmente importante cuando convivimos con una enfermedad como la LMC, porque no existe una única manera de vivirla.


“Tienes que ser positivo”

Quizá sea uno de los consejos más habituales. Cuando alguien nos dice que tenemos que ser positivos, probablemente intenta transmitirnos ánimo. Pero a veces podemos recibir un mensaje muy diferente: que estar preocupados, tristes o enfadados no está permitido. Y entonces puede aparecer una especie de obligación añadida: “Además de estar enfermo, tengo que estar bien emocionalmente.”

Pero las emociones no funcionan así. Podemos estar tranquilos un día y preocupados al siguiente. Podemos confiar en nuestro tratamiento y, al mismo tiempo, tener miedo ante una revisión. Podemos estar contentos porque todo va bien y sentirnos tristes por lo que la enfermedad ha cambiado en nuestra vida. Nada de esto significa que seamos negativos. Significa que somos personas atravesando una situación que puede despertar emociones diferentes.

Por eso quizá no necesitemos que alguien nos recuerde constantemente que tenemos que ser positivos. A veces necesitamos algo mucho más sencillo: poder decir cómo estamos sin sentir que tenemos que corregirnos.


“Conozco a alguien que tuvo lo mismo…”

Otra situación bastante habitual es que alguien intente tranquilizarnos contándonos la historia de otra persona: “Mi vecino tuvo cáncer y está fenomenal.” “Una amiga tuvo lo mismo.” “A mi primo le pasó algo parecido y mira qué bien está.” La intención suele ser buena: quiero que veas que las cosas pueden salir bien.

Y, efectivamente, escuchar una experiencia positiva puede resultar reconfortante. Pero también puede ocurrir lo contrario. Porque después de escuchar aquella historia podemos empezar a preguntarnos: “¿Y si a mí me ocurre lo mismo?”

La comparación entre personas con cáncer puede ser especialmente engañosa. Cada enfermedad tiene sus características, cada tratamiento es diferente y cada persona tiene una historia propia. Por eso, una experiencia ajena puede acompañarnos, pero no puede convertirse en el mapa de nuestra propia enfermedad. Y quizá tampoco necesitamos que cada conversación sobre nuestra LMC termine con la historia de otra persona.

A veces simplemente necesitamos que alguien escuche la nuestra.


“Tienes que hacer esto…”

Después aparecen los consejos prácticos: Cambiar la alimentación. Hacer ejercicio. Tomar determinado producto. Evitar determinadas cosas. Probar un remedio. Cambiar hábitos.

Algunos consejos pueden ser saludables y estar bien fundamentados. Otros pueden no tener ninguna evidencia detrás. Y otros, aunque sean perfectamente adecuados para otra persona, quizá no tengan sentido para nosotros. Por eso es importante distinguir entre recibir información y recibir recomendaciones.

Podemos escuchar una propuesta y después contrastarla con profesionales sanitarios. No tenemos que aceptar automáticamente todo lo que alguien nos cuenta porque lo diga con mucha seguridad. Y tampoco tenemos que entrar en una discusión cada vez que alguien nos ofrece un consejo.

A veces basta con pensar: “Gracias. Ya decidiré yo qué hago con esto.” 


“No pienses en la enfermedad”

Esta frase tiene una trampa. Porque cuanto más intentamos obligarnos a no pensar en algo, más difícil puede resultar dejar de hacerlo. Además, convivir con una enfermedad crónica significa que habrá momentos en los que la LMC ocupará más espacio en nuestra cabeza.

Una revisión. Una analítica. Un cambio de tratamiento. Una molestia física. Una conversación con el hematólogo. Y habrá otros momentos en los que simplemente estaremos haciendo nuestra vida y la enfermedad pasará a un segundo plano.

Quizá no necesitemos aprender a no pensar nunca en la LMC. Quizá necesitemos aprender a darle el espacio que necesita sin permitir que ocupe todo el espacio disponible.

Porque también podemos trabajar, viajar, enamorarnos, discutir, reírnos, preocuparnos por nuestros hijos, hacer planes, aburrirnos, irnos de vacaciones o enfadarnos porque alguien se ha dejado la luz encendida. Es decir: podemos seguir siendo muchas cosas además de pacientes.


“Pero si tú estás bien…”

Esta frase puede resultar especialmente desconcertante para quien vive con una enfermedad crónica. Porque es posible que médicamente las cosas estén bien. Que el tratamiento funcione. Que los controles sean buenos. Que hagamos una vida prácticamente normal.

Y, aun así, puede existir miedo. Puede existir incertidumbre. Puede haber días malos. Puede aparecer preocupación antes de una revisión. Puede haber cansancio de estar pendiente de una enfermedad que no desaparece del todo de nuestro horizonte.

Desde fuera, alguien puede pensar: “Si está bien, ¿por qué sigue preocupándose?”

Pero estar bien y preocuparse no son incompatibles. Podemos estar bien y tener miedo.

Podemos estar controlados y necesitar hablar. Podemos llevar años conviviendo con la LMC y seguir teniendo momentos de vulnerabilidad.


La vida no tiene por qué ser blanco o negro

Entonces, ¿qué hacemos con todos esos consejos?

Quizá no se trata de conseguir que los demás dejen de aconsejarnos. Probablemente eso sea bastante difícil. Se trata de aprender a decidir qué hacemos nosotros con aquello que recibimos.

  • Podemos escuchar un consejo y descartarlo.
  • Podemos agradecer la preocupación y no seguir la recomendación.
  • Podemos pedir que no nos cuenten más historias.
  • Podemos explicar que ese día no necesitamos soluciones, sino compañía.


Podemos decir: “Gracias por preocuparte, pero prefiero hablar de esto con mi hematólogo” o “Sé que quieres ayudarme, pero ahora mismo no necesito consejos. Necesito que me escuches.” Y también podemos decir simplemente: “Gracias.” Sin justificar nada más.

Porque poner límites no significa ser maleducado. Significa reconocer que nosotros también podemos decidir qué necesitamos de los demás. Quizá el consejo más importante sea el que nos damos nosotros mismos. Después de todo lo que hemos hablado, quizá haya una idea que merece la pena conservar:

  • No existe una única manera correcta de vivir con una enfermedad crónica.
  • No tenemos que ser pacientes perfectos.
  • No tenemos que estar siempre positivos.
  • No tenemos que aceptar todos los consejos.
  • No tenemos que compararnos con otros pacientes.
  • No tenemos que demostrar continuamente que somos fuertes. Y tampoco tenemos que explicar nuestro estado emocional para que los demás comprendan que estamos haciendo todo lo posible.
  • Podemos escuchar a quienes nos quieren.
  • Podemos dejarnos ayudar.
  • Podemos pedir ayuda cuando la necesitamos.
  • Pero también podemos elegir.


Porque tener LMC significa convivir con una enfermedad, no renunciar a nuestra capacidad para decidir cómo queremos vivir nuestra vida. Y quizá, la próxima vez que alguien nos dé un consejo que no hemos pedido, podamos pensar: “Gracias por querer ayudarme. Ahora déjame decidir qué necesito.”

Porque a veces, el mejor consejo que podemos recibir es precisamente aquel que nos permite seguir siendo protagonistas de nuestra propia vida.


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Las preguntas cerradas 


1. ¿Por qué las personas me dan tantos consejos cuando les cuento que tengo LMC?

Generalmente, porque quieren ayudar. Cuando alguien que queremos está atravesando una situación difícil, es habitual que intentemos encontrar algo que decir o hacer para aliviar su malestar. El problema es que ayudar no siempre significa dar soluciones. A veces, los consejos aparecen porque la otra persona se siente incómoda ante nuestro sufrimiento y necesita hacer algo para sentir que está ayudando.

Que alguien nos dé un consejo no significa necesariamente que esté cuestionando cómo estamos afrontando la enfermedad. Muchas veces simplemente está intentando acompañarnos con las herramientas que tiene. Podemos agradecer la intención sin sentirnos obligados a seguir aquello que nos recomiendan.


2. ¿Es cierto que tengo que ser positivo para afrontar mejor la enfermedad?

No. Mantener una actitud esperanzada puede ser útil, pero no existe una obligación de estar positivo todo el tiempo. Tener miedo, tristeza, enfado o preocupación no significa que estemos afrontando mal la enfermedad. Las emociones cambian según las circunstancias. Podemos sentirnos tranquilos cuando recibimos buenos resultados y volver a preocuparnos cuando se aproxima una revisión. Podemos estar agradecidos porque el tratamiento funciona y, al mismo tiempo, cansados de convivir con una enfermedad crónica.

A veces, cuando alguien nos dice “tienes que ser positivo”, lo hace con buena intención, pero podemos terminar sintiendo que nuestras emociones negativas son algo que deberíamos evitar o esconder. Sin embargo, aceptar cómo nos sentimos en cada momento también forma parte de una buena adaptación. No necesitamos estar siempre bien para estar afrontando bien la enfermedad.


3. ¿Por qué las experiencias de otras personas con cáncer no siempre me ayudan, aunque me las cuenten para tranquilizarme?

Porque cada persona vive una enfermedad diferente. Incluso cuando dos personas tienen el mismo diagnóstico, pueden existir diferencias en el tratamiento, la respuesta, los efectos secundarios, las circunstancias personales y la manera de afrontar lo que está ocurriendo.

Cuando alguien nos dice “conozco a una persona que tuvo lo mismo y está fenomenal”, probablemente intenta transmitirnos esperanza. Pero también puede ocurrir que empecemos a compararnos o a pensar: “¿Y si a mí me ocurre lo contrario?” Las experiencias de otros pacientes pueden ser útiles cuando buscamos identificación, compañía o información compartida. Pero no deberían convertirse en una referencia para anticipar nuestra propia evolución. La historia de otra persona puede acompañarnos, pero no determina la nuestra.


4. ¿Qué puedo hacer cuando recibo un consejo que no he pedido o que no quiero seguir?

No es necesario discutir ni justificar continuamente nuestras decisiones. Podemos escuchar el consejo, valorar si tiene sentido para nosotros y decidir después qué queremos hacer. Cuando se trata de cuestiones relacionadas con nuestra salud, especialmente tratamientos, alimentación, suplementos o remedios, es importante contrastar la información con profesionales sanitarios antes de tomar decisiones.

También podemos poner límites de una manera sencilla y respetuosa. Frases como “Gracias por preocuparte, pero prefiero hablarlo con mi hematólogo”, “Gracias, lo tendré en cuenta” o “Ahora mismo no necesito consejos, solo que me escuches” pueden ayudarnos a expresar lo que necesitamos. Aceptar que alguien quiere ayudarnos no significa tener que aceptar su consejo.


5. ¿Por qué puede molestarme que me digan “pero si estás bien”?

Porque estar bien médicamente y sentirse completamente tranquilo con la enfermedad no son necesariamente la misma cosa. Una persona puede tener la LMC controlada, hacer una vida normal y encontrarse bien la mayor parte del tiempo, y aun así experimentar miedo ante una revisión, preocupación por el futuro o cansancio relacionado con el hecho de convivir durante años con una enfermedad.

Pero estar bien no significa que todas las preocupaciones hayan desaparecido. Podemos sentirnos bien y seguir necesitando hablar de determinadas cosas. Podemos estar agradecidos porque el tratamiento funciona y continuar teniendo momentos de vulnerabilidad. Ambas experiencias pueden coexistir sin contradecirse.


6. ¿Qué podemos hacer cuando en lugar de consejos necesitamos simplemente que nos escuchen?

Podemos aprender a expresar con claridad qué necesitamos. Las personas que nos rodean no siempre saben si queremos una solución, información, compañía o simplemente un espacio para hablar.

Decir “No necesito que me soluciones nada, solo quiero contártelo” puede ayudar a la otra persona a entender qué esperamos de esa conversación. Del mismo modo, podemos pedir compañía, distracción, ayuda práctica o simplemente que estén a nuestro lado. También es importante recordar que escuchar no significa tener que encontrar una respuesta. Muchas veces, sentirse comprendido y poder expresar una preocupación sin que inmediatamente intenten eliminarla ya proporciona alivio.

Quizá una de las cosas más importantes que podemos aprender durante el proceso sea precisamente esta: no tenemos que aceptar todos los consejos que recibimos, pero tampoco tenemos que afrontar todo solos. Podemos elegir cuándo necesitamos información, cuándo necesitamos ayuda y cuándo, sencillamente, necesitamos que alguien nos escuche.


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Actividad mensual octubre


“¿Y qué le contesto?”

Si lo prefieres, descarga el PDF de la actividad

OBJETIVO
A veces sabemos que la persona que nos da un consejo lo hace con buena intención, pero en ese momento no sabemos qué responder. Podemos quedarnos callados, cambiar de tema o incluso contestar de una manera que después no nos gusta.

Esta actividad consiste en preparar nuestras propias respuestas para esas situaciones.


INSTRUCCIONES
Lee cada una de estas frases y escribe debajo qué responderías tú de una manera educada, empática y firme. No se trata de encontrar la respuesta perfecta. Se trata de encontrar una respuesta que te resulte natural y que puedas utilizar si algún día la necesitas.

  1. “Tienes que ser positivo. No puedes pensar así.”
  2. “Conozco a una persona que tuvo lo mismo que tú y…”
  3. “¿Has probado a tomar/hacer ______? A mí me han dicho que funciona muy bien.”
  4. “Pero si te veo fenomenal. ¡Ya estás bien!”
  5. “No pienses en la enfermedad. Tienes que olvidarte de ella."
  6. “Yo que tú haría…”


MI FRASE COMODÍN
Ahora piensa en una frase que puedas utilizar cuando no tengas ganas de explicar nada, pero tampoco quieras responder mal.

Puede empezar así: “Gracias por preocuparte, pero…”

No podemos controlar lo que los demás nos dicen, pero sí podemos aprender a elegir cómo queremos responder.

Una respuesta empática no significa estar de acuerdo.

Una respuesta educada no significa aceptar el consejo.

Y poner un límite no significa rechazar a la persona.

Se trata de poder decir lo que necesitamos sin tener que entrar en conflicto.

Jueves 05/11 - 18.00h. El taller es abierto y gratuito mediante este enlace EN BREVE.


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