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Este es el primer tema de un Programa de Apoyo Online que impartiremos desde Aelemic, durante el curso 2025-2026. Consulta nuestra página de Apoyo Psicológico, las fechas en las que se impartirán las actividades y el contenido del Programa.

PROGRAMA ONLINE APOYO PSICOLÓGICO. Soledad de Linares Fernández

Tema Noviembre: "Disfrutar la Navidad y fechas especiales sin que la enfermedad lo invada todo"  

Las celebraciones —ya sean navidades, cumpleaños o reuniones familiares— pueden ser un tiempo esperado y temido a la vez. Esperado, porque nos ofrecen la posibilidad de volver a ver a quienes queremos, de compartir comidas, risas o simplemente presencia. Temido, porque cuando la vida está atravesada por una enfermedad crónica como la leucemia mieloide crónica (LMC), estos momentos también pueden confrontarnos con todo lo que ha cambiado: el cansancio, las limitaciones, la nostalgia de lo que ya no puede ser igual.

En torno a estas fechas, muchos pacientes expresan una sensación ambivalente: ganas de disfrutar, pero miedo a no poder hacerlo; deseo de normalidad, pero dificultad para sostenerla. A veces se teme “estropear la fiesta”, otras veces se siente que la enfermedad ocupa demasiado espacio. En cualquier caso, es importante recordar que no hay una manera única ni correcta de vivir las celebraciones. Cada uno las atraviesa como puede, desde su momento vital y emocional, y eso está bien.

Las fiestas, al fin y al cabo, son una excusa para celebrar la vida, y eso puede hacerse de muchas maneras. Quizá no con el mismo entusiasmo de antes, pero sí con una profundidad nueva: la de quien ha aprendido que lo importante no es que todo salga perfecto, sino poder estar, sentir y compartir.

Entre la ilusión y el cansancio

Las celebraciones tienen una carga simbólica enorme. Representan el paso del tiempo, el cierre de un ciclo, la continuidad de la vida. Pero cuando el cuerpo y la mente están cansados, la idea de “celebrar” puede parecer una obligación más.
A veces el entorno, con buena intención, intenta contagiar alegría o ánimo, sin darse cuenta de que ese exceso de entusiasmo puede resultar abrumador. Otras veces, es la propia persona enferma quien se exige mantener el tipo, como si disfrutar fuera una prueba de fortaleza.

Es importante liberarse de esas expectativas. No hay que forzar la alegría ni fingir bienestar. Las emociones son legítimas, todas. Si hay cansancio, puede reconocerse; si hay tristeza, también puede tener su espacio. Celebrar no significa negar lo que duele, sino darle un lugar entre lo que también sigue teniendo sentido.

Quizá este año no se pueda preparar la cena, ni aguantar toda la velada, ni participar en cada brindis. Pero eso no hace menos valioso el encuentro. Las celebraciones pueden adaptarse: pueden ser más breves, más tranquilas, más pequeñas. No se trata de renunciar, sino de elegir lo que sí es posible sin forzar lo imposible.
A veces basta con estar un rato, compartir un momento de conversación o dejar que otros se ocupen de lo práctico. Cuidarse también es una forma de estar presente.

Aceptar que algo ha cambiado no significa perder la alegría, sino encontrar una nueva manera de vivirla. Tal vez no se celebre igual, pero aún hay motivos para hacerlo.


Dejar espacio a lo que sentimos

Estas fechas traen consigo una oleada de emociones, no todas fáciles. La nostalgia, la comparación con años anteriores, la ausencia de quienes no están, o el miedo a que el futuro sea incierto, pueden mezclarse con la ternura del reencuentro o la gratitud por lo vivido. Cuando se convive con una enfermedad crónica, esas emociones se vuelven más intensas. Pero negar lo que sentimos solo aumenta el malestar.

Permitirse sentir es un acto de autenticidad. No es debilidad, sino humanidad. Si un día no hay ganas de celebrar, está bien. Si otro día sí, también. Las emociones no son estáticas, cambian como las olas, y no hay por qué juzgarlas.

En las reuniones familiares, a veces surge la duda de si hablar o no de la enfermedad. Algunos prefieren hacerlo con naturalidad; otros, dejarlo al margen. No hay una fórmula correcta. Lo importante es que haya libertad. Si surge el tema, puede hablarse desde la calma, sin dramatizar, pero sin ocultar. Y si no surge, tampoco pasa nada. El silencio no siempre es negación: a veces es descanso. Lo importante es no sentirse obligado ni a hablar ni a callar, sino escucharse a uno mismo y actuar desde la coherencia.

La familia y los amigos también viven su propio proceso. Pueden sentir miedo, preocupación o impotencia. A veces su manera de cuidar es sobreproteger; otras, evitar el tema para no herir. En esos casos, una comunicación sencilla y honesta puede aliviar tensiones: expresar qué necesitamos y qué no, qué nos hace bien y qué preferimos evitar. Hablar desde la verdad genera cercanía, incluso si no soluciona todo.

Dejar espacio a lo que sentimos —y permitir que los demás también lo hagan— ayuda a vivir estas fechas con menos exigencia y más presencia. Porque cuando uno puede ser auténtico, puede también descansar emocionalmente.

Redescubrir lo esencial

Las celebraciones no son solo un calendario marcado por costumbres: son una oportunidad para detenerse y mirar lo que realmente importa. A veces, la enfermedad pone todo en perspectiva. Lo que antes parecía imprescindible pierde fuerza, y lo sencillo adquiere más valor. Un abrazo sincero, una conversación sin prisa, una canción compartida, una comida que se disfruta sin mirar el reloj.

Celebrar desde lo esencial es recordar que, más allá del diagnóstico, seguimos siendo personas con deseos, vínculos y sueños. Que aún hay vida, proyectos, cariño, belleza. Quizá la LMC haya cambiado parte del paisaje, pero no puede borrar nuestra capacidad de sentir, de reír, de emocionarnos.

La gratitud puede ser una buena compañera en este tiempo. No una gratitud ingenua o forzada, sino la que nace de reconocer lo que sigue estando: la compañía, el cuidado, la posibilidad de aprender incluso en medio de la incertidumbre. Agradecer no borra el dolor, pero lo equilibra. Nos recuerda que incluso en la fragilidad hay fuerza, y que la vida puede seguir teniendo sentido aunque no sea como la imaginábamos.

Cuando el año se acerca a su fin, suele aparecer la tentación de hacer balance. Quizá haya habido avances y también retrocesos, días de esperanza y días difíciles. Pero si miramos con atención, también encontraremos huellas de resiliencia: momentos en los que nos sostuvimos, personas que nos tendieron la mano, gestos que nos devolvieron la calma. Y eso, por sí mismo, merece ser celebrado.

Celebrar, entonces, no es ignorar la enfermedad, sino decidir que no lo invade todo. Es permitirnos disfrutar sin culpa, vivir sin tanta prisa, reconectar con lo que da sentido. Porque la vida, incluso en su fragilidad, sigue ofreciéndonos motivos para brindar: por lo que tenemos, por lo que aprendimos, por lo que aún podemos compartir.

Preguntas frecuentes 

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Estas son las preguntas más habituales que se nos plantean sobre este tema. 

1. No tengo ganas de celebrar este año, ¿es normal?
Sí, es completamente normal. Las celebraciones despiertan emociones intensas, y no siempre estamos en disposición de disfrutarlas. La enfermedad, el cansancio o los recuerdos pueden pesar más que la ilusión. No hay obligación de celebrar ni de aparentar alegría. A veces cuidarse, descansar o pasar las fiestas de forma más tranquila también es una forma válida de celebrar la vida.

2. Me da miedo que la enfermedad se convierta en el centro de las reuniones. ¿Cómo puedo evitarlo?
Puedes marcar tú mismo los límites. Si no te apetece hablar del tema, dilo con amabilidad: “Prefiero no centrarme hoy en eso, hablemos de otra cosa”. También puedes preparar a alguien de confianza para que te ayude a cambiar de tema si se alarga. Y si surge espontáneamente, está bien: hablar con naturalidad puede aliviar tensiones. Lo importante es que la conversación no te resulte una carga.

3. ¿Y si los demás me evitan o no saben cómo tratarme?
A veces los familiares o amigos no saben qué decir y optan por el silencio, no por falta de cariño, sino por miedo a hacer daño. Puedes facilitar el acercamiento siendo claro: “Podemos hablar con normalidad, no hace falta que lo evitéis”. Cuando el entorno percibe que puede hacerlo sin miedo, la comunicación mejora. Todos necesitan adaptarse, también los demás.

4. Me siento culpable por no poder hacer lo mismo que antes.
La culpa suele aparecer cuando intentamos mantener el ritmo previo a la enfermedad. Pero tu valor no está en lo que haces, sino en lo que eres. Celebrar de otro modo no significa rendirse, sino priorizarte. Puedes dejar que otros organicen o ayuden: permitir que te cuiden también es una forma de dar.

5. ¿Cómo puedo cuidar mis emociones durante las fiestas?
Escúchate y respétate. Si necesitas descansar, hazlo. Si te emociona algo, permítetelo. Puedes preparar pequeños espacios de calma: una música suave, un paseo, unos minutos de respiración consciente. También ayuda compartir cómo te sientes con alguien cercano o escribirlo. No intentes controlar todo: deja que las emociones pasen, sin luchar contra ellas.

6. ¿Y si me invade la tristeza en medio de una reunión?
No pasa nada. La tristeza forma parte de la vida y también puede estar presente en momentos felices. Puedes retirarte un momento, respirar, o compartir lo que sientes si te resulta natural. La emoción no arruina la celebración: la hace más humana. No te exijas estar bien todo el tiempo.

7. ¿Cómo puedo incluir a mis hijos o familiares en este proceso sin preocuparlos demasiado?
Hablar con sinceridad, pero con un lenguaje adaptado, suele ser lo mejor. Explicar que hay días de más energía y otros de menos ayuda a normalizar la situación. Los niños perciben los cambios, y cuando no se les habla, imaginan cosas peores. Mostrar que se puede vivir con la enfermedad —sin negarla ni dramatizarla— les enseña resiliencia.

8. ¿Qué puedo hacer si me siento desconectado del espíritu navideño?
Está bien no sentirse entusiasmado. Puedes buscar un significado más personal: no centrarte en lo festivo, sino en lo simbólico. Tal vez una cena íntima, un gesto solidario, un paseo, una llamada. No hay una única manera de celebrar. Lo importante es encontrar tu propia forma de estar presente, a tu ritmo y desde tu verdad.

Actividades del mes


Actividad 1: Mi manera de celebrar este año (Descarga PDF)

Las celebraciones no tienen que ser como antes para ser valiosas. Este ejercicio te ayuda a darles tu propio significado, adaptándolas a lo que hoy necesitas y sientes.


Actividad 2: Carta para mí mismo/a – “Lo que quiero recordarme en estos días” (Descarga PDF)

Este ejercicio no busca cambiar lo que sientes, sino acompañarte desde la comprensión. A veces, leer tus propias palabras puede recordarte que sigues siendo más que la enfermedad: una persona capaz de sentir, adaptarse y seguir encontrando sentido.

INSCRÍBETE AQUÍ

Inscríbete para participar en la reunión online del 28/11 a las 18.00h. La reunión es abierta y gratuita mediante enlace de zoom, y será dirigida por Soledad de Linares Fernández, Psicóloga Experta en Psicooncología.


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